El Faro

Chapotear le refrescaba y le calmaba los nervios. Ya no soportaba la inmovilidad de estar parado en atención vigilando al horizonte. La mayoría de las personas a su alrededor estaban en constante movimiento. El temor que alguien sospechara crecía con cada segundo que la dichosa lancha no aparecía. Se sentía ajeno a sus alrededores, vestido de rojo de pies a cabeza, como un arañazo. Había acatado al dedillo las instrucciones indumentarias que le dio la noche anterior su papá desde Florida. —Hasta la gorra, para que te identifiquen. A media mañana te recogen. —le dijo.

El resplandor de agosto cegaba a quien osara explorar el horizonte. Hubiera deseado tener las gafas de sol, pero las vendió semanas atrás para abastecer de comida a su niña. Gracias a sus contactos clandestinos consiguió carne, pollo y leche en polvo para unos meses. Su mujer le aseguró que estiraría todo lo más que pudiera. Se despidió bastante tranquilo. No sabía cuándo podría mandarle dinero.

Encontró a un muchacho con reloj y preguntó la hora. Mediodía. ¿Los habrán capturado en alta mar? ¿Se habrá roto la lancha? La preparación mental no acaparó tal retraso. Tampoco contempló la posibilidad de pasar otra noche sin electricidad en el infierno terrenal que se había convertido su vida, junto con la de varios millones más. “No puede ser” y se le aflojaron las piernas. Aunque el calor era insoportable no quiso darse por vencido. Asumió una vez más la posición de faro agotado y se concentró en el mar.

Un chillido no muy lejos de su posta, lo puso en alerta máxima, pero no divisó ni una aleta. Se sumaron gritos y una risa estridente le hizo comprender. Alguien había chocado con los desechos de otra persona y ahora lo usaban para jugar empujándolo con el agua en varias direcciones, siempre tratando de evitar que tocara a los unos, mientras lo empujaban hacia los otros. Así, lo mantenían en el medio de un círculo de manos frenéticas, hasta que los participantes se cansaran, o tocara a alguien, y lo dejaran continuar su viaje corriente abajo. Pensó que si todo salía bien su niña no tendría que jugar con mierda. Tendría juguetes de playa, como cualquier niña normal, en cualquier país normal. Sonrió.

Volvió a escudriñar el horizonte y la vió. Una interrupción en la línea imperfecta formada por los diferentes tonos de azul. Ahora es cuando es. Inspeccionó sus alrededores. Bullaranga playera, cada cual en lo suyo. Se ajustó la gorra. Pensó en su niña, y se encomendó a sus santos. En dos pasos largos le llegó el agua a las rodillas. Dos más pequeños y alcanzó medio muslo. Dos más y rebasó la ingle. Una ola le golpeó la cintura. Retrocedió. Trató de adelantar a zancadas. Demasiada resistencia. Optó por dar brinquitos rápidos con las manos fuera del agua. Silencio…mierda. La silueta de la lancha se perfilaba cada vez más. La algarabía explotó como una olla de presión. Se lanzó a nadar. Escuchó chapoteos y entró en pánico. Trato de bracear más rápido. Algo le tocó un pie. “No puede ser.” Mantuvo el ritmo de las brazadas 1,2,1,2. Alguien le agarró un pie y gritó— esa lancha es mía —. Tragó agua salada y ardieron sus pulmones. Escuchó una respuesta que no entendió y pateó con fuerza. Se liberó y continuó 1,2,1,2. Ya escuchaba los motores. Faltaba menos 1,2,1,2. Le dolía todo el cuerpo 1,2,1,2. Tragó agua y paró. La lancha se detuvo cerca de él. Dos hombres a bordo gritaban frenéticos para que se acercara. Flotó de cara al cielo y reanudó las brazadas 1,2,1,2. Su mano derecha chocó con la lancha. Lo agarraron por ambas muñecas y aterrizó delante del capitán. —Agárrate que nos fuimos—. Dijo dándole la espalda.

Fue difícil enderezarse con la lancha a toda velocidad. Nunca había estado en altamar. Tuvo la sensación de estar suspendido en el espacio varias horas. El color del mar no cambió mucho. Tampoco el del cielo. Notó el dolor en las manos cuando el capitán redujo la velocidad, al entrar en aguas estadounidenses y le dijo “bienvenido.” Trató de no llorar, los hombres no lloran. Se desplomó al ver tierra y se desahogó por los últimos años de penurias impuestas. El capitán le consoló con una palmada en el hombro y le dijo con ojos húmedos “ya estás en casa.” Llegó a Los Cayos de la Florida cerca de las cinco de la tarde. Su papá lo recibió vestido de blanco y azul, los colores de la Virgen de Regla, reina del mar y protectora de travesías marítimas. Lloraron abrazados por varios minutos. Los lancheros interrumpieron para cobrar su trabajo.

Su familia le sorprendió con una fiesta de bienvenida, tres mudas de ropa y un par de zapatos que le quedaron un poco ajustados. No dijo nada para no parecer malagradecido. Disfrutó por primera vez de una ducha caliente y aire acondicionado central. Fue surreal interactuar con familiares que solo conocía por fotos. Muchos de los abrazos que recibió, fueron acompañados de un billete de cien dólares y alguna variación de la frase “para que te encamines.” Nunca había visto uno, y de pronto tenía más de diez.

Se sorprendió por el exceso de comida y bebida. Hace años que no veía un cerdo. Calculó que debía pesar alrededor de setenta libras. El pellejo estaba crujiente y la carne suave. Pensó en su mujer y en su niña. No conocía varios de los platillos que sirvieron en la fiesta, y aunque probó todo, invariablemente regresó al cerdo. Se avergonzó cuando una muchacha que no conocía le dijo que dejara de vigilarlo, que no se iba a escapar. Su nombre era Estrella y también era recién llegada. Conversaron toda la noche y el próximo día lo acompañó a comprar zapatos. Se casaron un año y medio después.

No volvió a ver a su niña.